La
frase que más me gusto fue una de Jorge Luis Borges, que dice : No sé cuál es
la cara que me mira cuando miro la cara del espejo.
Palabras en el viento
jueves, 14 de noviembre de 2013
La Lluvia Jorge (Luis Borges).
Bruscamente
la tarde se ha aclarado
Porque
ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o
cayó. La lluvia es una cosa
Que
sin duda sucede en el pasado.
Quien
la oye caer ha recobrado
El
tiempo en que la suerte venturosa
Le
reveló una flor llamada rosa
Y el
curioso color del colorado.
Esta
lluvia que ciega los cristales
Alegrará
en perdidos arrabales
Las
negras uvas de una parra en cierto
Patio
que ya no existe. La mojada
Tarde
me trae la voz, la voz deseada,
De mi
padre que vuelve y que no ha muerto.
Trata sobre que la lluvia hace florecer las cosas y le trae recuerdos como si no hubieran pasado con anterioridad y están sucediendo en ese momento.
Un Ciego (Jorges Luis Borges).
No sé
cuál es la cara que me mira
cuando
miro la cara del espejo;
no sé
qué anciano acecha en su reflejo
con
silenciosa y ya cansada ira.
Lento
en mi sombra, con la mano exploro
mis
invisibles rasgos. Un destello
me
alcanza. He vislumbrado tu cabello
que es
de ceniza o es aún de oro.
Repito
que he perdido solamente
la
vana superficie de las cosas.
El
consuelo es de Milton y es valiente,
Pero
pienso en las letras y en las rosas.
Pienso
que si pudiera ver mi cara
sabría
quién soy en esta tarde rara.
Trata sobre un hombre que no puede ver y quiere saber como son las cosas que lo rodean en ese momento.
Cartas a una desconocida (Nicanor Parra)
Cuando
pasen los años, cuando pasen
los
años y el aire haya cavado un foso
entre
tu alma y la mía; cuando pasen los años
y yo
sólo sea un hombre que amó,
un ser
que se detuvo un instante frente a tus labios,
un
pobre hombre cansado de andar por los jardines,
¿dónde
estarás tú? ¡Dónde
estarás,
oh hija de mis besos!Trata sobre el amor que él siente por alguien desconocido o que le hace falta.
La poesía terminó conmigo (Nicanor Parra)
Yo no
digo que ponga fin a nada
no me
hago ilusiones al respecto
yo
quería seguir poetizando
pero
se terminó la inspiración.
La poesía
se ha portado bien
yo me
he portado horriblemente mal.
Qué
gano con decir
yo me
he portado bien
la
poesía se ha portado mal
cuando
saben que yo soy el culpable.
¡Está
bien que me pase por imbécil!
La
poesía se ha portado bien
yo me
he portado horriblemente mal
la
poesía terminó conmigo.Esta poesía trata sobre que al escritor se le fue la inspiración y no puede escribir y por ello la poesía se enojó con él.
Los chicos (Ana María Matute)
Eran
cinco o seis, pero así, en grupo, viniendo carretera adelante, se nos antojaban
quince o veinte. Llegaban casi siempre a las horas achicharradas de la siesta,
cuando el sol caía de plano contra el polvo y la grava desportillada de la
carretera vieja, por donde ya no circulaban camiones ni carros, ni vehículo
alguno. Llegaban entre una nube de polvo que levantaban sus pies, como las
pezuñas de los caballos. Los veíamos llegar y el corazón nos latía de prisa.
Alguien, en voz baja, decía: «¡Que vienen los chicos...!» Por lo general, nos
escondíamos para tirarles piedras, o huíamos.
Porque
nosotros temíamos a los chicos como al diablo. En realidad, eran una de las mil
formas de diablo, a nuestro entender. Los chicos, harapientos, malvados, con
los ojos oscuros y brillantes como cabezas de alfiler negro. Los chicos,
descalzos y callosos, que tiraban piedras de largo alcance, con gran puntería,
de golpe más seco y duro que las nuestras. Los que hablaban un idioma
entrecortado, desconocido, de palabras como pequeños latigazos, de risas como
salpicaduras de barro. En casa nos tenían prohibido terminantemente entablar
relación alguna con esos chicos. En realidad, nos tenían prohibido salir del
prado bajo ningún pretexto. (Aunque nada había tan tentador, a nuestros ojos,
como saltar el muro de piedras y bajar al río, que, al otro lado, huía verde y
oro, entre los juncos y los chopos.) Más allá, pasaba la carretera vieja, por
donde llegaban casi siempre aquellos chicos distintos, prohibidos.
Los
chicos vivían en los alrededores del Destacamento Penal. Eran los hijos de los
presos del Campo, que redimían sus penas en la obra del pantano. Entre sus
madres y ellos habían construido una extraña aldea de chabolas y cuevas,
adosadas a las rocas, porque no se podían pagar el alojamiento en la aldea,
donde, por otra parte, tampoco eran deseados. «Gentuza, ladrones, asesinos.. .»
decían las gentes del lugar. Nadie les hubiera alquilado una habitación. Y
tenían que estar allí. Aquellas mujeres y aquellos niños seguían a sus presos,
porque de esta manera vivían del jornal que, por su trabajo, ganaban los
penados.
El
hijo mayor del administrador era un muchacho de unos trece años, alto y
robusto, que estudiaba el bachillerato en la ciudad. Aquel verano vino a casa
de vacaciones, y desde el primer día capitaneó nuestros juegos. Se llamaba
Efrén y tenía unos puños rojizos, pesados como mazas, que imponían un gran
respeto. Como era mucho mayor que nosotros, audaz y fanfarrón, le seguíamos
adonde él quisiera.
El
primer día que aparecieron los chicos de las chabolas, en tropel, con su nube
de polvo, Efrén se sorprendió de que echáramos a correr y saltáramos el muro en
busca de refugio.
-Sois
cobardes -nos dijo-. ¡Esos son pequeños!
No
hubo forma de convencerle de que eran otra cosa, de que eran algo así como el
espíritu del mal.
-Bobadas
-nos dijo. Y sonrió de una manera torcida y particular, que nos llenó de
admiración.
Al día
siguiente, cuando la hora de la siesta, Efrén se escondió entre los juncos del
río. Nosotros esperábamos, detrás del muro, con el corazón en la garganta. Algo
había en el aire que nos llenaba de pavor. (Recuerdo que yo mordía la cadenita
de la medalla y que sentía en el paladar un gusto de metal raramente frío. Y se
oía el canto crujiente de la cigarra entre la hierba del prado.) Echados en el
suelo, el corazón nos golpeaba contra la tierra.
Al
llegar, los chicos escudriñaron hacia el río, por ver si estábamos buscando
ranas como solíamos. Y para provocarnos, empezaron a silbar y a reír de aquella
forma de siempre, opaca y humillante. Era su juego: llamarnos sabiendo que no
apareceríamos. Nosotros seguíamos ocultos y en silencio. Al fin, los chicos abandonaron
su idea y volvieron al camino, trepando terraplén arriba. Nosotros estábamos
anhelantes y sorprendidos, pues no sabíamos lo que Efrén quería hacer.
Mi
hermano mayor se incorporó a mirar por entre las piedras y nosotros le
imitamos. Vimos entonces a Efrén deslizarse entre los juncos como una gran
culebra. Con sigilo trepó hacia el terraplén, por donde subía el último de los
chicos, y se le echó encima.
Con la
sorpresa, el chico se dejó atrapar. Los otros ya habían llegado a la carretera
y cogieron piedras, gritando. Yo sentí un gran temblor en las rodillas, y mordí
con fuerza la medalla. Pero Efrén no se dejó intimidar. Era mucho mayor y más
fuerte que aquel diablillo negruzco que retenía entre sus brazos, y echó a
correr arrastrando a su prisionero al refugio, donde le aguardábamos. Las
piedras caían a su alrededor y en el río, salpicando de agua aquella hora
abrasada. Pero Efrén saltó ágilmente sobre las pasaderas y, arrastrando al
chico, que se revolvía furiosamente, abrió la empalizada y entró con él en el
prado. Al verlo perdido, los chicos de la carretera dieron media vuelta y
echaron a correr, como gazapos, hacia sus chabolas.
Sólo
de pensar que Efrén traía a una de aquellas furias, estoy segura de que mis
hermanos sintieron el mismo pavor que yo. Nos arrimamos al muro, con la espalda
pegada a él, y un gran frío nos subía por la garganta.
Efrén
arrastró al chico unos metros, delante de nosotros. El chico se revolvía
desesperado e intentaba morderle las piernas, pero Efrén levantó su puño enorme
y rojizo y empezó a golpearle la cara, la cabeza, la espalda. Una y otra vez,
el puño de Efrén caía, con un ruido opaco. El sol, brillaba de un modo espeso y
grande sobre la hierba y la tierra. Había un gran silencio. Sólo oíamos el
jadeo del chico, los golpes de Efrén y el fragor del río, dulce y fresco,
indiferente, a nuestras espaldas. El canto de las cigarras parecía haberse
detenido. Como todas las voces.
Efrén
estuvo un rato golpeando al chico con su gran puño. El chico, poco a poco, fue
cediendo. Al fin, cayó al suelo de rodillas, con las manos apoyadas en la
hierba. Tenía la cara oscura, del color del barro seco, y el pelo muy largo, de
un rubio mezclado de vetas negras, como quemado por el sol. No decía nada y se
quedó así, de rodillas. Luego, cayó contra la hierba, pero levantando la
cabeza, para no desfallecer del todo. Mi hermano mayor se acercó despacio, y
luego nosotros.
Parecía
mentira lo pequeño y lo delgado que era. «Por la carretera parecían mucho más
altos», pensé. Efrén estaba de pie a su lado, con sus grandes y macizas piernas
separadas, los pies calzados con gruesas botas de ante. ¡Qué enorme y brutal
parecía Efrén en aquel momento!
-¿No
tienes aún bastante? -dijo en voz muy baja, sonriendo. Sus dientes, con los
colmillos salientes, brillaban al sol-. Toma, toma...
Le dio
con la bota en la espalda. Mi hermano mayor retrocedió un paso y me pisó. Pero
yo no podía moverme: estaba como clavada en el suelo. El chico se llevó la mano
a la nariz. Sangraba, no se sabía si de la boca o de dónde. Efrén nos miró.
-Vamos
-dijo-: Este ya tiene lo suyo-. Y le dio con el pie otra vez.
-¡Lárgate,
puerco! ¡Lárgate en seguida!
Efrén
se volvió, grande y pesado, despacioso hacia la casa, muy seguro de que le
seguíamos.
Mis
hermanos, como de mala gana, como asustados, le obedecieron. Sólo yo no podía
moverme, no podía, del lado del chico. De pronto, algo raro ocurrió dentro de
mí. El chico estaba allí, tratando de incorporarse, tosiendo. No lloraba. Tenía
los ojos muy achicados, y su nariz, ancha y aplastada, brillaba extrañamente.
Estaba manchado de sangre. Por la barbilla le caía la sangre, que empapaba sus
andrajos y la hierba. Súbitamente me miró. Y vi sus ojos de pupilas redondas,
que no eran negras, sino de un pálido color de topacio, transparentes, donde el
sol se metía y se volvía de oro. Bajé los míos, llena de una vergüenza
dolorida.
El
chico se puso en pie despacio. Se debió herir en una pierna, cuando Efrén le
arrastró, porque iba cojeando hacia la empalizada. No me atreví a mirar su
espalda, renegrida, y desnuda entre los desgarrones. Sentí ganas de llorar, no
sabía exactamente por qué. Únicamente supe decirme: "Si sólo era un niño.
Si era nada más que un niño, como otro cualquiera".
FIN
El
cuento lo que trata de transmitir es que no importa de donde seamos o de que
raza o color , todos somos iguales y no hay que despreciarnos o denigrarnos por
ello.Ya que al fin y al cabo somos todos personas.
El niño al que se le murió el amigo (Ana María Matute)
Una
mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el
amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:
-El
amigo se murió.
-Niño,
no pienses más en él y busca otros para jugar.
El
niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los
codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí
estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel
que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una
estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.
-Entra,
niño, que llega el frío -dijo la madre.
Pero,
en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo,
con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al
llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en
el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que
le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que
tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos
juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y
volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo:
«Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un
traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.
FIN
Es un cuento corto que es interesante y rapido de leer .
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